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Jardiel, al plantearse la cuestión de qué sean el
humor y el humorismo, expone la dificultad, imposibilidad incluso de dar una definición
precisa, aunque sí pondera la extrema, singular delicadeza de la entidad del humor:
No caeré ahora ni espero
caer nunca en la simpleza de definir el humorismo, costumbre muy de hoy, porque
definir el humorismo es como pretender clavar por el ala una mariposa, utilizando de
aguijón un poste del telégrafo.
Al igual que renuncia a un análisis del
territorio del humorismo, dada la extensión de ese territorio y consiguiente
imposibilidad de abarcarlo.
E insiste en su decisión de no definir el
humorismo y acepta las dificultades que puede ofrecer la comprensión de la literatura
humorística para los lectores, afirmación esta última hecha con sus puntas de ironía:
No definiré el humorismo, no.
Pero sí diré que no todo el mundo entiende la literatura humorística. Lo cual es
naturalísimo.
Particularmente la literatura humorística, además de servirme para una porción de cosas
que no hace falta denunciar, me sirve para medir la inteligencia de las personas de un
golpe y sin equivocarme en un solo caso.
Si oigo que me dicen:
¡Bueno, se les ocurren a ustedes unas gansadas tremendas!,
pienso: éste es un cretino.
Si me dicen:
Está bien esa clase de literatura, porque quita las penas,
pienso: éste es un hombre vulgar.
Cuando me advierten:
Es un género admirable y lo encuentro de una dificultad extrema,
entonces pienso: éste es un hombre inteligente.
Y por fin, si alguien me declara:
Para mí el humorismo es el padre de todo, puesto que es la esencia concentrada de
todo y porque el que hace humorismo piensa, sabe, observa y siente,
entonces digo: este hombre tiene talento.
Reconozcamos que tengo que decirlo muy pocas veces.
Toda la literatura de Jardiel ofrece ejemplos de
humor auténtico, de buena ley, basado a veces en el ejercicio de la lógica más
elemental y coherente:
[...] ellos utilizaban de pincel
rabos de toro: yo utilizo rabos de vaca.
¿Y de dónde saca usted los rabos de vaca?
De las vacas con rabo.
Y asimismo en el contraste verbal y
de situaciones y en la chispeante imaginación del autor, tensamente mantenida, que prende
y sorprende el interés del lector.
Un humor que puede aliarse y entrecruzarse con la
pasión, erótica pasión, así en la descripción, lenta, minuciosa, complacida, de una
mujer:
Era efectivamente una mujer
espléndida. Alta, aguda, rotunda, vibrante (la personificación de un pasodoble). Vestía
aquella noche un traje blanco con rayas grises transversales, y su delgada esbeltez hacía
que, vista de lejos, pareciese una corbata. Sus piernas tenían la delicada y suculenta
forma que provoca, a la vista de algunas piernas, el deseo de chuparlas después de
haberlas mojado en chocolate «Suchard». Había en su piel reminiscencias de la seda
croata, y los labios se le rasgaban al reír en un esguince que ponía enfermo al
espectador. En cuanto a su pelo, rizado y negro hasta la furia con algo de endrino y
caduco, estaba irisado por una incandescencia que no era más que electricidad perenne.
A veces, en la
intrascendencia, o aparente intrascendencia, de unos diálogos banales, subyace una
intencionada e incluso profunda crítica, como la que realiza en el comienzo de Eloísa
está debajo de un almendro, donde en la brevedad del diálogo y bajo las sonrisas que
suscita y en la insinuación al absurdo que denota alienta una aguda crítica, más eficaz
porque va acompañada precisamente de esas sonrisas, una crítica a unas costumbres y
formas de vida, a una determinada concepción del madrileñismo que Jardiel rechaza, en
diversos textos, de manera explícita y contundente. Lo que no empece para su firme
cariño a Madrid, «que sigue siendo la ciudad que tira de uno», dice Jardiel, en carta
escrita en Buenos Aires el 14 de octubre de 1937.
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