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Lo fue, no sólo por los muchos cafés que tomaba,
sino, ante todo, porque los establecimientos así llamados eran su lugar habitual y
predilecto de trabajo, según él mismo reconocía:
Trabajo siempre en los cafés,
pues para trabajar, necesito ruido a mi alrededor, y en ese ruido me aíslo como el pez en
la pecera.

Incluso cuando se hallaba en el extranjero, en
lugar donde no existían los clásicos cafés españoles de aquel tiempo, buscaba un
espacio semejante o que le pudiera recordar a esos establecimientos. Así, cuando se
encuentra en los Estados Unidos, cuenta desde Hollywood, el 2 de diciembre de 1934, en
carta a su familia:
Mi vida en esta temporada se
reduce a encerrarme desde la mañana a la tarde en el restaurante del Studio a escribir,
pues al tener que inventar, claro, he tenido que recurrir a escribir en el
café como siempre. Las camareras ya llaman al café: Poncellas office.
En Madrid fueron muchos los cafés que conocieron
la presencia asidua del escritor. Como el Europeo, en los años veinte, que estaba en la
glorieta de Bilbao. Era el clásico café de entonces: amplio, confortable. Tenía
música: un reducido grupo que se autodenominaba pomposamente orquesta (a veces tan sólo
un violinista); y un público extenso y diverso, más numeroso, animado y popular por las
tardes, como correspondía al barrio de Chamberí: abigarrado, castizo, pleno de
vitalidad. Allí se reunía Jardiel, por las tardes, con un grupo de amigos, reducido en
un principio, progresivamente ampliado después: escritores sobre todo, algunos dibujantes
también, que en su mayoría colaboraban en la revista Buen Humor y después lo
harían en Gutiérrez, y otras pocas personas de diferentes profesiones. Algunos
acudían también a última hora de la mañana, cuando el local ofrecía una imagen mucho
más sosegada y silenciosa. El primero en llegar, hacia las doce, era Jardiel. Se sentaba
habitualmente en el mismo lugar, hacia el fondo del establecimiento, donde mayor era la
tranquilidad, y de inmediato transformaba la mesa, la clásica mesa entonces de mármol de
un café en mesa de trabajo. Colocaba sobre ella sus lápices, su pluma estilográfica,
gomas de borrar, un frasco con goma de pegar, cuartillas, tiras de papel en las que
escribía frases, correcciones sobre lo ya redactado y que pegaba luego en las
cuartillas... El camarero («Buenos días, don Enrique...», quizá algún leve
comentario inspirado por la actualidad) le servía el café, con leche casi siempre, que
el escritor tomaba copiosamente. Él mismo detallará, al final de su novela Amor se
escribe sin hache, el número de cafés que había consumido mientras escribía esta
obra:
El número aproximado de las
consumiciones hechas hasta rematar el libro, contando con que el autor al trabajar sólo
toma café, alcanza a unos 112 cafés, que al precio medio de 55 céntimos, eleva la suma
de gastos desembolsada a 61 pesetas con 60 céntimos. Agregando el 20 por ciento de
propinaje, resulta un total de pesetas 73,90, lo que prueba que la literatura no es un
deporte caro.
Y una vez servido el café y cumplido por tanto
el cotidiano ritual preparatorio, el escritor comenzaba a trabajar.
Aunque Jardiel acudía cotidianamente al café
Europeo en los años finales de la década de los veinte, otros muchos cafés conocieron
también su presencia por entonces y más tarde.
Como el Universal, que estaba en la Puerta del Sol y en el que
abundaban las tertulias de gentes unidas al mundo de la canción ligera y del cuplé:
músicos, autores de letras, artistas...; y el Varela, situado en la confluencia de las
calles de Preciados y de las Veneras, que tuvo uno de sus más asiduos clientes en Emilio
Carrere, y al que iban también a menudo los hermanos Manuel y Antonio Machado, el actor
Ricardo Calvo, el duque de Amalfi, a veces Miguel de Unamuno cuando venía a Madrid desde
Salamanca; y el café Español, y el España, y el Gijón, y el Recoletos, y el Castilla,
y Negresco, y La Elipa, y la Granja el Henar, donde hubo durante años una tertulia famosa
en el Madrid artístico y literario a la que asistían Ramón del Valle-Inclán que
era quien la gobernaba, Julio Romero de Torres, Enrique de Mesa, Anselmo Miguel
Nieto, Cipriano Rivas Cherif... A todos estos y a otros cafés acudió Enrique Jardiel
Poncela, en un tiempo en el que este género de establecimientos era uno de los escenarios
más habituales de la existencia de los españoles.
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