|
Amor se escribe
sin hache, la primera, cronológicamente, de las novelas extensas de Jardiel,
publicada a finales de 1928, lleva la dedicatoria siguiente:
A la maravillosa y exquisita «Nez-en-lair»,
cuyo perfume predilecto he comprado muchas veces para poder recordar en la ausencia sus
ojos melancólicos.
En recompensa a cuanto la hice
sufrir; como recuerdo a aquellos días felices en que vimos amanecer juntos, y para que al
leer este libro en alguna ciudad remota vea que no he olvidado mi promesa.
Estas palabras delicadas, nostálgicas,
ennoblecedoras palabras de Jardiel dan testimonio de la finura de su espíritu. Pero
la historia de esa pasión amorosa había tenido, en su final, amargos aspectos. Y había
sabido de engaño y desengaño, de olvido y abandono sobre un fondo de música de tango
malevo.
Y en este fracaso sentimental, que le dejará
para siempre un poso amargo y que nunca pudo olvidar de manera plena, radica, quizás, la
misoginia o feminofobia tan reiterada en multitud de páginas del escritor. Una muestra de
tal actitud, entre muchas otras recordables, puede hallarse autobiografismo posible,
literatura y vida confundidas en unas palabras de Zambombo, personaje de Amor se
escribe sin hache:
Para mí, la mujer sigue siendo
un insecto ponzoñoso del que hay que huir para que no nos envenene la sangre. ¿Que mi
odio hacia la mujer ha nacido del desengaño? Bueno...
Aunque el mismo Jardiel negará tal presunta
misoginia:
No soy un misógino: sin la
compañía, sin la presencia de las mujeres no podría vivir; me gustan por encima de la
salvación de mi alma. Lo que no hago, al menos por ahora, es entregarles el corazón,
porque cada vez que lo entregué me rompieron un pedazo, y lo necesito entero para la
metódica circulación de mi sangre.
Quizá estaba en lo cierto al afirmar que no era
un misógino. Sí fue, en pleno siglo XX, un sentimental y un romántico, «un sentimental y un
romántico incorregible»; un amante perteneciente a la estirpe de Quevedo y de Cyrano de
Bergerac, feo («soy feo, singularmente feo, feo elevado al cubo») y sentimental. Y su
mal era de soledad. Él podía decir, al igual que el personaje Zambombo de su novela Amor
se escribe sin hache:
¡Qué solo estoy! ¡Qué
brutalmente solo estoy!
[...]
¡Si uno lograra que alguien le quisiese de veras!
Y se replicó a sí mismo:
¡Bah!... Utopías, sueños irrealizables, falsas palabras consoladoras... ¡El
amor! ¿Qué es el amor?
Y la pregunta hecha por el personaje abre paso al
sarcasmo:
Un anuncio, pegado en una valla,
le dio la respuesta:
AMOR
LA MEJOR PASTA PARA LIMPIAR METALES.
|