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Borges y Argentina

Borges y Paul Groussac

por Marieta Gargatagli

En Arte de injuriar Borges esboza una breve teoría sobre las posibilidades literarias del insulto. Fija una preceptiva del género y anota una lista de talentos capaces de combinar erudición, estilo y una voluntad implacable de aniquilar al adversario. Entre Swift, Quevedo, Voltaire y el doctor Johnson figura el nombre de Paul Groussac, ese franco-argentino que anotó sobre sí mismo: «Ser famoso en la América del Sur no es dejar de ser un desconocido». El renombre de Groussac no se debe a sus labores académicas o filológicas: nadie puede recordar conferencias pronunciadas a finales del diecinueve o libros inencontrables de comienzos del siglo veinte. La fama procede de un involuntario linaje: ser director de la Biblioteca Nacional, ser ciego, ser un precursor de Borges. Cervantes y el Quijote, La gloria de Dante, el romanticismo francés, los escritos perdidos de Mariano Moreno, la Asociación de Mayo, Esteban Echeverria, el naturalista Tadeo Haenke, la cuestión Shakespeare fueron algunos de los temas que preocuparon a Groussac. Sus reflexiones no parecen inferiores a la costumbre de su tiempo: era curioso, aplicado, metódicamente sagaz. Convertido en polemista, en inquisidor, en juez, su horizonte no tardó en llenarse de enemigos: intrascendentes como un tal Pióero o formidables como Marcelino Menéndez Pelayo que le dedicó simétricos vituperios y acaloradas notas al pie de página. Nada interesan ahora aquellos debates cuyos argumentos destruyó el paso del tiempo. Lo que pervive de Groussac es el prodigioso arte del desdén, las astucias de la refutación, los procedimientos retóricos que permiten equiparar ciertas formas irónicas a la alta poesía. Groussac nació en Toulouse en 1848 y murió en Buenos Aires en 1929. Borges escribió una página necrológica y la incluyó en su primer libro de ensayos. Al leerla sentimos que la fama esquiva, el exilio voluntario en una lejana república del Sur, la palabra como pasión forman un destino común al biografiado y al biógrafo. Ésta era una de las memorias que compartían. La otra se refiere a la tradición satírica. Su maligno esplendor engrandece la olvidada obra de Paul Groussac, obviamente la de Borges, también lo más memorable de la lengua castellana.


 


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