

El Trujamán es una revista diaria del Centro Virtual Cervantes dedicada en exclusiva a la traducción en todos sus aspectos que intenta, de modo sistemático, exponer las reflexiones de los traductores vinculados con la cultura hispánica. Este espacio se abre a todas las especialidades de la traducción: literaria, científica, técnica, administrativa, sin olvidar dos importantes aspectos de la misma: la enseñanza y la historia; asimismo, encontrarán anécdotas y citas. Los autores de los textos son especialistas en cada una de las materias; a pesar de ello, no pretende llegar sólo a los profesionales, sino a cualquier lector curioso e interesado por su lengua y su literatura.
Profesión
Por Carmen Francí
Aprovechando que es domingo, repaso la prensa por Internet. Empiezo por El País y leo una larga entrevista a una escritora famosa que va a publicar su última novela. Dado que faltan pocos días para la aparición del libro, es fácil suponer que el traductor terminó su trabajo hace meses. Pero, oh, misterio, ni se menciona su existencia en la entrevista. El argumento habitual entre los críticos y reseñistas es que no tienen espacio suficiente pero, ¿de veras en esas 2900 palabras, entre las que aparece el nombre del editor en España, incluso el título que llevará la obra en castellano, no cabían tres más, un nombre y dos apellidos? ¿La entrevistadora considera que no es relevante? ¿Menos relevante que el nombre del restaurante favorito de la autora, el nombre de su perro o los comentarios sobre lo lejos que cae el país de origen de la escritora?
Leo después varios artículos sobre un autor neoyorquino consagrado que promociona su obra en España. Por supuesto, su obra. Pero, una vez más, entre los numerosos artículos y los cientos de palabras que se publican para la ocasión faltan tres: el nombre completo del traductor de la obra que nos animan a leer… en castellano.
Cuesta creer que haya tantos periodistas descuidados. Pero si no es dejadez o falta de rigor, ¿qué es entonces?
En algunas ocasiones se me ha ocurrido pensar que el problema está en origen: los editores, tomando por ignorantes a sus lectores, temen que si mencionan la existencia misma de la traducción siembren la sospecha de que no les están ofreciendo el producto auténtico sino un sucedáneo. Como si las bolitas de caviar que produce el autor original se convirtieran en tapioca teñida con tinta de calamar tras pasar por las manos del traductor. Así pues, prefieren actuar como si el traductor no existiera y hacer como si no supieran que la materia prima ha pasado por un proceso de manipulación y adulteración. Esos editores no sólo recelarían de los traductores que contratan y de las traducciones que ellos mismos publican, lo que es de por sí un tanto incongruente, sino del hecho mismo de traducir literatura.
Sigo leyendo, entro en la página web de una importante tienda virtual y sucede lo mismo: cuesta un esfuerzo dar con el nombre del traductor, que aparece en contadas ocasiones. Y lo mismo pasa con las páginas web de las editoriales: facilitan datos sobre el tamaño del libro, número de páginas, ISBN… pero está claro que el nombre del traductor en su opinión no siempre es un dato necesario, ni siquiera significativo.
Sin embargo, tanto editores como críticos y libreros parecen ignorar que son muchos los lectores que quieren saber quién ha traducido una obra. Para estos lectores el nombre del traductor no sólo es relevante sino fundamental para decidir una compra, ¿a qué viene pues el escamoteo de esos datos cuando el objetivo claro de estos reportajes promocionales y páginas webs no es otro que informar y vender?
Porque si de veras los editores creen que mencionar al traductor no sólo no fomenta la venta sino que es un argumento disuasorio, me atrevería a decir que tienen un grave problema.
Los textos publicados en esta sección no reflejan necesariamente posiciones oficiales del Instituto Cervantes, sino las opiniones de sus correspondientes autores.