Lengua / Tópica
Por Jairo J. García Sánchez
Ciudad Real es uno de los pocos topónimos españoles en los que aparece el apelativo ciudad. En realidad, se pueden contar con los dedos de una mano los que contienen este nombre, y, como es lógico, se adscriben exclusivamente a la toponimia de poblaciones: Ciudad Rodrigo, Ciudadela / Ciutadella —diminutivo del cat. Ciutat (de Mallorca)— y el burgalés Ciadoncha —con formas documentadas como Cibtatonia y Cidadoncha—. Ciudad no es frecuente en toponimia y contrasta, por tanto, con el abundantísimo villa. Es posible que haya influido algo en ello el hecho de que ciuitas era propiamente en latín ‘ciudadanía, derecho o condición de ciudadano’ y no pasó a tener el valor de ‘ciudad’ hasta el latín tardío y el romance. De hecho, Ciudad Real, que fue fundada por el rey Alfonso X —de ahí el adjetivo—, se llamó originariamente Villa Real, y sólo desde 1420, al concederle Juan II el título de ciudad, cambió su nombre y pasó a llamarse como hoy la conocemos, Ciudad Real. Villarrobledo (< villa del robledo, con pérdida usual del nexo relacional entre los componentes del topónimo) sería otro ejemplo más de lo que decimos.
La otra capital provincial cuyo topónimo nos queda por analizar es Cuenca. El nombre parece responder al apelativo existente en castellano (cuenca < lat. conc(h)a) con el valor de ‘valle profundo o territorio rodeado de alturas’. Los accidentes del terreno (elevaciones, depresiones, llanuras…) son, como sabemos, referencias de primer orden en la creación de los topónimos; esto se sigue poniendo de manifiesto con ejemplos castellano-manchegos como Valdepeñas o Puertollano, de motivación evidente.
Varios de los nombres de las localidades de la región son diáfanos en su interpretación y esto se debe a que buena parte de ellos son de creación tardía al surgir como consecuencia de la acción repobladora bajomedieval y moderna, normalmente llevada a cabo por las órdenes militares. Así, Alcázar de San Juan y Argamasilla de Calatrava llevan en sus apellidos la adscripción a las órdenes militares que se encargaron de su repoblación. Ambos lugares fueron reconstruidos; el primero toma el nombre de una fortaleza, Alcázar, que es palabra adoptada desde el árabe (al-)qasr ‘(el) castillo’, con étimo a su vez en el lat. castrum; mientras, el segundo, Argamasilla, es un diminutivo de argamasa, pero no hace referencia propiamente al material (la argamasa, mezcla de arena, cal y guijarros), sino a un resto ruinoso de una edificación hecha con él.
Tomelloso, nombre de la población fundada en 1530 en tierras de la Orden de San Juan, tampoco presenta problema alguno; es un derivado abundancial a partir de tomillo, con la única alteración vocálica de i por e. Manzanares, por su parte, es un plural de manzanar, colectivo de manzano, nombre de árbol, pero en realidad, en el caso concreto de la localidad manchega, se trata del apellido familiar (Sagasti-Manzanares) que dio nombre al castillo en torno al cual se fue creando la población.