Lengua / Tópica
Por Jairo J. García Sánchez
En contraste con los topónimos guanches, el archipiélago canario muestra nombres característicamente romances o castellanos, de motivación clara, traídos o impuestos por los españoles y demás conquistadores, como Buenavista del Norte, Barlovento —por ser el lugar norteño de donde viene el viento—, Fuencaliente (de la Palma), La Laguna, La Matanza y La Victoria (de Acentejo) —rememoran dos batallas de signo opuesto en la conquista de Tenerife—, La Oliva, Las Palmas (de Gran Canaria), El Paso, Puerto de la Cruz, Puerto del Rosario, Puntagorda, Puntallana, Vallehermoso, Valleseco, etc. Asimismo, son numerosos los hagiónimos, síntoma del componente cristiano de la conquista, que designan poblaciones: Santa Cruz (de la Palma, además de la de Tenerife), San Bartolomé (de Tirajana), San Juan (de la Rambla), San Miguel, San Sebastián (de la Gomera), Santiago (del Teide), Santa Brígida, Santa Lucía, Santa Úrsula, Candelaria —por la Virgen de la Candelaria, patrona de Canarias—, etc.
Estos topónimos, por su poca evolución, dada su relativa juventud, han convertido la toponimia de Canarias en una de las más transparentes de España. En realidad, la pervivencia de topónimos guanches no alcanza el 10 % del total, si bien se han mantenido mejor en los nombres de poblaciones y municipios, que son los que aquí estamos tratando.
Topónimo en principio algo menos claro puede parecer Betancuria. Sin embargo, enseguida se comprende al ver que se debe al conquistador normando Jean de Bethencourt, propulsor de la conquista de las islas Canarias, quien fundó la entonces capital de Fuerteventura en 1405. Asimismo, Tías, en Lanzarote, que podría suponerse una voz guanche adaptada o atraída por la paronimia con la palabra castellana, surgió en honor de las tías del gobernador de Gran Canaria Alonso Fajardo (doña Francisca y doña Hernán) tras el reparto de tierras en la isla en 1493 —el lugar se llamaba Las Tías de Fajardo—.
La hibridación, por último, es algo bastante común en la toponimia canaria, ya que con frecuencia el topónimo aborigen original sirve de complemento o especificación del apelativo o topónimo romance de nueva aparición: Los Llanos de Aridane —tautológico muy seguramente—, San Bartolomé de Tirajana,Santa Cruz de Tenerife o Santiago del Teide pueden servirnos de muestra; Villa de Mazo —si Mazo es nombre prehispánico, como parece, diferente de otros Mazo peninsulares y, por supuesto, del apelativo homónimo— sería otro caso más. También se da el proceso inverso, como en Icod de los Vinos o en Garachico ‘peñasco chico’ —mencionados en el capítulo anterior—; en el último nombre se ha producido incluso la fusión léxica, o cuando menos ortográfica, de ambos elementos.