Lengua / Tópica
Por Jairo J. García Sánchez
Después de haber analizado el nombre de La Rioja, hoy corónimo (nombre de región), pero hidrónimo en origen, y haber visto cuál es la interpretación más plausible para Logroño, nos detenemos ahora en los nombres de otras poblaciones de la misma comunidad autónoma.
Comenzaremos por el más antiguo, Calahorra, que se identifica bien con la denominación romana de la ciudad, Calagurris, base del gentilicio calagurritano que hoy reciben sus habitantes; en dicha población nació Quintiliano, gran escritor de retórica y preceptor del emperador Domiciano. El topónimo, no obstante, todavía se remonta más atrás en el tiempo, ya que el nombre romano es adaptación de uno anterior. Si tenemos en cuenta que cala-, piedra, es un componente bastante prolífico en toponimia y que el actual adjetivo vasco gorri, rojo, ha de ser un elemento similar al prerromano que se encuentra en el topónimo, no tendremos muchos problemas para interpretarlo como piedra roja o rojiza.
Los vocablos que definen la orografía o el aspecto del terreno constituyen una de las fuentes básicas para la creación de topónimos, y con frecuencia terminan designando poblaciones. Su particularidad, frente a otras palabras del lenguaje común, es que desempeñan desde el principio una función toponímica, pues van referidos a accidentes geográficos, que no son sino lugares. Otro ejemplo más de ello es el topónimo Arnedo, cuyo étimo latino es el vocablo arenetum; esto es, se trataría de un arenal o lugar abundante en arenas, traídas quizás por las crecidas del río. El sufijo -etum (> esp. edo) del topónimo y el -al del apelativo en la lengua de hoy (arenal) poseen un mismo valor colectivo y abundancial.
Los dos últimos topónimos que vamos a comentar forman una «extraña pareja» o doblete, ya que parecen tener la misma motivación. Tanto Haro como Alfaro proceden de la referencia a un faro, quizás por las señales luminosas emitidas desde una atalaya en tiempos de la Reconquista. En Haro la palabra ha evolucionado de manera regular, mientras que en Alfaro se observa la mediación árabe que incorporó su artículo (ár. al-fâruh). Resulta curioso comprobar cómo en estos y en otros topónimos Faro —como el de la conocida capital del Algarve, en Portugal— el apelativo o nombre común ha vuelto a sus orígenes, puesto que la palabra proviene en última instancia de un topónimo, en concreto, del nombre de la isla griega de Pharos, en la bahía de Alejandría, famosa por su faro —no en vano era una de las siete maravillas del mundo—. Así, del apelativo aparecido por antonomasia a partir de un topónimo han surgido otros muchos nombres de lugar, y entre ellos, los dos riojanos.