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Lunes, 8 de agosto de 2005

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Lengua / Tópica

Cataluña y sus topónimos (II)

Por Jairo J. García Sánchez

Tarragona, Tárrega/Tàrrega, Gerona/Girona

Tarragona es otro de los topónimos catalanes que muestra una terminación -ona. En un capítulo anterior habíamos mencionado los casos de Barcelona (< Barcino) y Badalona (< Baetulo), y de nuevo aquí observamos que ese final característico es muy posterior a la instauración del topónimo. Tarragona era la antigua Tarraco (con acentuación proparoxítona —esdrújula—), una de las ciudades romanas más importantes de Hispania, capital de la provincia administrativa a la que ella misma dio nombre (Tarraconensis). El topónimo, no obstante, es anterior al periodo romano, y de difícil adscripción: puede ser ibérico o, por el contrario, indoeuropeo precéltico con base hidronímica. El mismo nombre se repite en la no lejana Tárrega (cat. Tàrrega), con variación en la vocal (antiguo Tarraca) y sin final en -ona.

La forma en -ona que muestra el topónimo tarraconense y otros tantos, como hemos señalado, se debe a la adaptación final del topónimo en latín (Tarracona, Barcinona —con posterior disimilación de -n- en -l-, de donde Barcelona—, Baetulona, etc.), que pasa de una declinación -o(n), -onis a un tema -ona, -onae(-a,-ae), a partir de un caso oblicuo (= distinto del nominativo) del primer tema, y quizás por el influjo de la variante griega (cf. Tarr£kwn — Atracón —, Barkinèn — Barcinon —, Baitoulèn — Baitulon —… topónimos citados por Ptolomeo).

Esta reformulación de los topónimos en tiempo de los romanos se aprecia en otros varios catalanes, como Solsona, Isona, Guisona, Argentona —nombres de ciudades importantes en la Antigüedad—, pero no es exclusiva de ellos, ya que también la encontramos en muchos otros peninsulares: Artajona (< Artaso + -ona), Carmona (< Carmo + -ona), Lisboa (< Olisipo + -ona) -con caída de la -n- intervocálica típica del gallego-portugués-, Pamplona (< Pompaelo + -ona), Tarazona (< Turiasso + -ona), etc., y asimismo más allá de los Pirineos: Narbona (fr. Narbonne) —antigua Narbo—, Carcasona (fr. Carcassonne) —antigua Carcaso— o Ancona.

Aclarada la razón de este final en -ona, no debemos creer, sin embargo, que todos los topónimos que presentan esa terminación han experimentado el mismo proceso. Un topónimo como Gerona (cat. Girona), el de la capital de la provincia nororiental, nos puede servir muy bien de ejemplo. El nombre procede de la evolución del latino Gerunda (< lat. (urbs) gerunda ‘(ciudad) que ha de ser administrada’), topónimo impuesto por los romanos que soterrarían uno anterior de carácter ibérico. El paso del lat. Gerunda a Gerona y Girona es nítido, pues la asimilación o simplificación de -nd- en -n- es común en catalán y también en castellano; el cambio de -e- a -i- se generalizó en catalán en el siglo xiv.

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